Listos, listillos y sabios
Javier García Gibert
23-02-2006
Igual que un amante del buen vino es el que menos tolera los vinos malos, el amor por los buenos libros suele manifestarse en un seco repudio por la infinita suma de los deleznables. Eso es algo inevitable. Cuando un lector habituado a los verdaderos clásicos, a las grandes obras de la Literatura, rechaza los best-sellers y los autores de moda, los lectores de poco calado y baja intensidad que consumen esos libros y admiran a esos autores lo tachan de elitista (y tienen razón) y consideran su actitud como una muestra de desprecio hacia sus personas. Ahí se equivocan. El lector refinado no desprecia a los lectores masivos (se congratula de que haya lectores, aunque sean masivos), lo que le duele es el fraude que los autores cometen con ellos y el hecho de que haya escritores y obras que naveguen por el mundo bajo pabellón falso. Pero eso le resulta imposible demostrarlo. ¿Cómo convencer al que no es capaz de percibirlo de que una página está mal escrita, de que una obra carece de espíritu, de que eso se ha dicho mucho mejor innumerables veces o de que ese relato tiene un fallo criminal en el punto de vista? Estas vanas persuasiones requerirían, por lo demás, otros previos convencimientos, igualmente imposibles de llevar a efecto: ¿cómo transmitir al que no lo sabe por experiencia propia que la verdadera literatura es algo más que un expediente para pasar el rato, que su misión no es sólo contar historias sino descubrir mundos, que uno puede, al acabar un libro, ser alguien distinto de quien lo empezó?
No sucede con todos los escritores modernos que han logrado el éxito y el reconocimiento (ahí está el gran J.M. Coetzee para demostrarlo), pero lo cierto es que muchos basan su crédito en la escasa o nula preparación de sus lectores. Eso ha ocurrido en todas las épocas, pero en ésta se agudiza por la acción conjunta de la universalidad mediática y el semi-analfabetismo generalizado. Falsos novelistas y falsos gurús, de nula relevancia literaria o intelectual, venden listeza por sabiduría y sacan partido de esa ignorancia. Si se hubiera leído a los maestros de la novela gótica –Jan Potocki, Ch. R. Maturin, M. G. Lewis- ¿quién podría aguantar la trama burda y mostrenca de El código Da Vinci? ¿Y dónde quedarían las parabolitas de Paolo Coelho –destinadas, como sumo, a una edad mental de siete años- si se hubiera leído, por poner un ejemplo, Los ojos del hermano eterno de Stefen Zweig (o qué lector de Idries Shah, Allan Watts o Suzuki no descubriría a la tercera línea la inanidad tramposa de su “mensaje”)? Pero eso también ocurre, lo cual es más grave, con ciertos autores “de prestigio”. Si se hubiera leído El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad no se le daría tanta importancia al hábil sucedáneo El afinador de pianos de Daniel Mason, un relato estimable hasta cierto punto, pero que carece por completo de la carga existencial y metafísica del escritor polaco. Y si se hubiera leído el Orlando furioso de Ariosto, El Criticón de Gracián o Rinoceronte de Ionesco, ¿quién valoraría como algo potable las alegorías ramplonas del sobrevaloradísimo Saramago?
Los listos y listillos pasan por sabios ante la venia y aclamación generales. Casi nunca han sido el mérito y la honradez valores de cambio, y menos que nunca en la actualidad. Ante el óbito reciente y casi simultáneo de Haro Tecglen y Ramón Gaya y su respectivo eco mediático (extraordinario en el primer caso y prácticamente nulo en el segundo) ¿cómo no abrigar tristes reflexiones sobre la sociedad contemporánea?
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