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No es eso, señores


Jesús Gómez Gutiérrez
La Insignia. España, julio del 2006.

 

Cuatro autores firman una carta en defensa del pueblo palestino. Concisa, contundente, cargada de razón. Pero en mitad surge un matiz, un mal trazo de apariencia simplemente estética por donde escapa el pensamiento y entra, a saco, la irracionalidad.

Antes de seguir, debemos recordar que todo discurso dominante es también una moda. Del mismo nivel y con las mismas limitaciones que cualquier otra; de lo contrario -obviedad de obviedades- tendría grandes dificultades para ser dominante: nuestra especie está más ligada a la imitación que al pensamiento, lo cual explica no pocas tragedias de los buscadores de paraísos políticos. De modo que llega una idea, una cualquiera, se da un largo paseo por la marginalidad y luego se hunde, tiene éxito, esas cosas. Pero la mejor de todas puede fracasar miserablemente, y la peor, triunfar y arrastrarnos a un pozo sin fondo. Aunque ya no tenga contenido. Aunque se haya desgastado hasta quedarse en la carcasa.

El problema es tanto mayor cuanto más anquilosadas estén las estructuras del sistema que la asume (un país, un partido, un medio, el mundo académico, etc.). Traspasado cierto punto, es posible que no llegue a ser consciente de la necesidad de renovarse; y si lo es, casi siempre se opta por el conservadurismo de no cambiar nada, ni un punto ni una coma, por miedo a perder espacios. Al fin y al cabo, la razón es buena amiga cuando cuenta con el beneplácito de una mayoría; tenerla, o más bien adscribirse a ella, relaja las relaciones, simplifica la existencia, es un colchón estupendo para montárselo con amantes aburridos. Pero como recién llegada, resulta desastrosa. ¿Hay algo peor que tener razón antes de tiempo? ¿algo más inconveniente? La más contagiosa de las erupciones de acné no asusta tanto como un tipo con una razón nueva. Y toda razón es nueva, aunque tenga dos mil años de existencia, cuando se enfrenta a la costumbre.

Volvamos con los cuatro autores y las ideas viejas. En mitad del texto, entra la ya inevitable apelación al «doble baremo» de Occidente. Yo habría dicho séptuple o nónuple por lo menos, y eso por no liarme con los numerales multiplicativos, porque Occidente es Portugal, Andorra, Suecia y hasta México. Pero tres de los cuatro autores son anglosajones, y como nos referimos a un cliché que se ha extendido precisa y no casualmente desde el mundo anglosajón, no hay que ser un lince para imaginar lo que pasa. Opción A: Utilizar definiciones inconcretas y generalizantes siempre mancha menos que poner nombre a las cosas, sobre todo si las cosas son tu país: Estados Unidos y Gran Bretaña. Opción B: El inconsciente, ese traidor. Muy pocos saben superar el veneno cultural que maman desde pequeños. Opción C: Creen que con esa moralina demodé conseguirán mayor respuesta social. Opción D (no aplicable en este caso. Sólo válido para intelectuales orgánicos latinoamericanos y bobos integrales de ONG europeas): Es guay, ahorra trabajo mental y ya está aprobado por la mayoría moral progre. Vamos, que no te quitan la subvención ni te juegas el cuello por hablar de Occidente ni del puto norte-sur.

Deténgase el lector que haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí. Tome aliento y siga. Verá que el asunto no tiene ninguna gracia.

Israel, Palestina. En el mejor de los mundos posibles, no habría solución más fácil: un solo Estado, laico, capaz de albergar a tirios y troyanos. Pero no estamos en el mejor de los mundos posibles. Ni Israel es un Estado laico (condición sine qua non de cualquier sistema integrador) ni lo pretende. En cuanto a la dirigencia palestina, ha pasado de la incompetencia de la antigua OLP a la incompetencia fascistoide y religiosa de los barbudos de Hamás y compañía. Bien, fórmense entonces dos Estados. Pero Israel cuenta con uno de los ejércitos más poderosos del mundo y el apoyo del jefe. Puede hacer lo que le venga en gana, destruir lo que quiera y cuando quiera. Si su Gobierno decidiera exterminar a toda la población de Oriente Medio, EEUU aplaudiría, Gran Bretaña seguiría de perro faldero del amigo americano, los demás silbarían mirando al techo y el secretario general de la ONU mencionaría algo sobre su abuela que le espera a cenar.

Entre tanto, ¿qué hace nuestra izquierda? Discursos morales, que tranquilizan mucho y con los que todos estamos de acuerdo. O se vuelve estúpida y aplaude a los cortaclítoris del bendito Islam, tragando mierda a puñados. Así que nuestros cuatro autores, que por cierto están entre lo mejorcito que se puede encontrar, optan por lo seguro y terminan en la moda: es que Occidente tiene un doble baremo. Ya. ¿Sería distinto si tuviera un culo gigante y entradas gratis para una porno?

En el fondo, nuestros autores se están quejando de que Occidente no intervenga, política o militarmente, en el sentido deseado. Perfecto. ¿Quién es Occidente? Si es EEUU y Gran Bretaña, lo único que nos faltaba es que intervengan más. Si es toda América, Europa y la propia orilla sur y este del Mediterráneo (tan culturalmente occidental como la norte y oeste), el despropósito no lo justifica ni el exceso de tinto. Si sólo es EEUU y la Unión Europea, propongo pública y formalmente que se les conceda el Nobel a la ingenuidad no correspondida. Cómo coño pueden actuar conjuntamente, de la forma y con la contundencia que exige el caso, dos bloques de intereses antagónicos y donde uno de ellos, la UE, no es un país sino veintitantos, sin ejército, sin política única, un gran proyecto pero un proyecto atascado.

Ahora bien, nada de lo anterior es tan grave como el sujeto oculto en la queja. La culpa la tiene el indefinido Occidente, interventor general del reino por acción u omisión. ¿Y los demás? Por lo visto, los demás no tienen nada que ver en los problemas del mundo. Igual da que sean China, Japón o Namibia, más ricos o más pobres. Sistemáticamente se los exime de cualquier responsabilidad, como si fueran una pandilla de tarados, incapaces de ir al cuarto de baño sin ayuda, o unos santos ajenos a la condición humana que vivirían en comuna de alegres pitufos si no fuera por el feroz individualismo, consumismo y otros ismos de la canalla occidental. Y sistemáticamente, desde Tokio a Tombuctú, hasta los autores más lúcidos cometen el error de hundirse en la real politik de los poderosos.

No, señores, no es eso. Los dobles baremos son peligrosos en todas partes, incluso en ustedes; no es inteligente apelar al poder de ciertas potencias para acto seguido protestar por el poder de ciertas potencias. Si la izquierda hubiera hecho sus deberes, hoy tendríamos luchas y organizaciones tan internacionales como los problemas que nos ahogan. Podríamos decir «Naciones Unidas» sin sufrir un ataque de risa, intervenir con la razón y la fuerza donde fuera necesario. Pero no los ha hecho. En todas partes se extiende una amalgama infumable que combina el nacionalismo en lo económico (¿se ha aprendido alguna lección de la historia? ¿tanto les gusta la guerra?) con una triste propuesta de apariencia moral que, en realidad, no es más que la estética de un grupo generacional concreto. Su occidente, su sur, su norte, sus tonterías naif que bordean la xenofobia, todo lo que obstaculiza el cambio y la comprensión de que no hay más linajes que el tener y el no tener.

Romper las carcasas viejas sería una buena manera de empezar a caminar. Y dudar. Sobre todo, de las bobadas que medran en los círculos inevitablemente autistas de la cultura y de la política. Y pensar. Mal sistema para recibir aplausos. Pero no estamos aquí por los aplausos. ¿Verdad?

 

Madrid, 27 de julio del 2006.

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