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Lecturas adolescentes y relectura

 

  Javier Garcia Gibert

 14/04/2006

Existen jóvenes lectores? Llamo “lectores” a los que tienen el ansia de conocer el mundo a través de los libros y desean leer con sus propios ojos TODO aquello que merece y ha merecido la pena ser leído. Y llamo “jóvenes” a los que no llegan a los 25 y tienen los factores de la juventud en su proporción exacta: un 50% de ilusión y buena fe y otro 50% de exhibicionismo y necesidad –legítima- de autoafirmación (ah, ¡y un 100% de ignorancia!). Hablo por mí, cuando era joven, pero supongo que mi caso es extensible a los demás. Si no existen “jóvenes lectores” –yo conozco sólo uno-, verdaderamente es una lástima, porque los sensores de lectura están en su máxima intensidad de los 15 a los 25 años y los libros entran como tiros en el alma. La imperfección o superficialidad probable de esas lecturas juveniles (mejor llamarlas “adolescentes”) no es una razón para minusvalorarlas desde el mirador de la edad madura. Pues en aquel período –y no en ningún otro- se plantan las raíces, se ponen los cimientos, se crean los posos de lo que será después –si llega a serlo- una solvente y profunda cultura literaria. O entonces o nunca. (Aflige, por cierto, comprobar cómo las nuevas generaciones, tan plagadas de universitarios, están procurando en este sentido, con celo digno de mejor causa, un yermo absoluto e irremediable para el futuro de sus vidas). Recuerdo esas tardes y noches enteras leyendo sin pausa y con arrobo cuatro, cinco, seis horas sin merma de visión, fatiga de la mente o embotamiento del espíritu.... ¿quién es capaz, veinte años más tarde, de aguantar otro tanto?

 

Ante el enorme acopio de lecturas realizadas en esas sesiones maratonianas de los años mozos es comprensible que al lector ya maduro le asalte la duda: ¿releer o no releer lo entonces leído? He ahí la cuestión. Pues se leyó de todo, con avidez infinita. Es verdad que muchas de las lecturas eran epocales, dictadas por el signo y la moda de los tiempos y lo que a la sazón eran autores y obras imprescindibles hoy nos parecen innecesarias: ¿quién va a releer a Celaya o a Juan Benet pudiendo releer a Cernuda o a William Faulkner?; ¿quién va a volver a los poemas de Brecht, a El hombre unidimensional de Marcuse o a los ensueños teológico-científicos de Teilhard de Chardin, si puede volver a Horacio, a Kant, a San Agustín? También es cierto que hay lecturas adolescentes, además de epocales, que parecían destinadas a arrebatar nuestro espíritu en los primeros años: Kerouac, Allen Ginsberg, Lautréamont... El mero instinto y la experiencia nos asiste muchas veces en nuestras tentaciones de relectura: Nadja de Breton, no; El lobo estepario de Hesse, sí. Y ocurre lo mismo con lo que nos entusiasmaba en el terreno del ensayo filosófico: La experiencia interior de Bataille, no; La genealogía de la moral de Nietzsche, El mito de Sísifo de Camus, El aciago demiurgo de Cioran..., sí. Porque son obras, por así decirlo, de adolescencia eterna y universal: al volver a ellas, aunque alejados tal vez del radicalismo de sus planteamientos o de la ingenuidad de sus soluciones, no vemos la rebeldía o la desesperación de la juventud como un molesto sarampión, como una fiebre estacional de la primavera de la vida, sino como una aspiración natural y legítima del ser humano.

 

Frente a esas lectura adolescentes, hay otras, en cambio, que requieren necesariamente a un lector maduro y que, si acaso se hicieron en los primeros años, es forzoso volverlas a hacer con el paso del tiempo. ¿Cómo comprender la enjundia humana y la riqueza poética de la Divina Comedia o del Libro de Job antes de los 30? Y, por otro lado, existen obras (el caso de Hamlet, del Quijote, de Los hermanos Karamazov...) que piden visitas periódicas a lo largo de la vida, pues la apreciación de sus tesoros en cada tramo de edad es diferente. Y hay también obras y autores que tienen su tiempo, su momento, de relectura: quizá leer a Galdós, el pausado Galdós, parece más apetecible en la edad madura que releer al rápido y hábil Baroja. Pero todo esto es, al fin y al cabo, cuestión de gustos y valoraciones. Y la duda subsiste en muchos casos. Es cierto que las circunstancias se imponen a veces, y la realización de algún trabajo o el interés de alguna búsqueda dictan la necesidad de la relectura. O es la disposición –o la falta de ella- la que pone los límites. Uno no se ve con el ánimo de hacer esfuerzos como los que hizo entonces: ni para volver a “gozar” de la prosa o la poesía de Lezama Lima ni, menos aún, para volver a torturarse inútilmente (ahora lo sabe) con Jacques Lacan. Si tiene el prurito de volver al psicoanálisis no hace falta hocicarse en la charca lacaniana estando disponible la fuente de Freud. Porque el buen criterio del lector maduro suele llevarlo, por otro lado, a la jerarquía imprescindible de lo canónico y a la preponderancia del valor contrastado de los autores clásicos frente al dudoso (y a menudo efímero) predicamento de los modernos. Uno va a lo seguro. No es tiempo ya lo que nos sobra, y es una lástima perderlo. Pero ¿qué hacer, por ejemplo, con los clásicos modernos y rompedores que nos gustaron tanto: el Ulises de Joyce o Molloy de Beckett, por poner dos casos? Lo hice hace poco con el segundo de ellos, y Beckett se mantiene en el pedestal por su gran estilo, por su personal factura, aunque uno advierte ya la pose, la maniera literaria y exhibicionista de su nihilismo. ¿Y qué ocurre con la mítica y generacional Rayuela de Cortázar? Vale más no releerla, porque es seguro el batacazo. Ocurre lo mismo con esas reliquias de culto privado que le cautivaban a uno por extrañas razones (ese ignorado J. Leyva, cuyas novelas tenían para mí una grandeza iniciática...). En ciertos casos la no relectura es un acto compasivo hacia uno mismo.

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