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Unas palabras ante ¿ el tercer milenio?

Ya sabéis que no soy una persona de grandes creencias, ni de muchas certezas. Soy, eso sí, una persona de firmes "convicciones" y de firmes "incertidumbres". Entre mis convicciones la de que no existe el absoluto, ni el blanco, ni el negro.

Dificilmente encuentro tesis o planteamientos que me llamen la atención por lo que afirman, pues casi nunca terminan de convencerme del todo.

Sin embargo, hay ocasiones en las que tropiezo con afirmaciones, teorias o suposiciones, que tomadas como puntos para la reflexión, en cuanto a ideas inciales de una elaboración personal, son sumamente valiososas.

Os copio abajo un texto, con cuyas suposiciones, afirmaciones, intuiciones y proposiciones, estoy de acuerdo en un porcentaje razonablemente elevado. Es un poco largo, y hay que leerlo hasta el final.

Unas palabras ante ¿el tercer milenio? 

                          
Roberto Fernández Retamar

 

El mero uso de la expresión “tercer milenio” indica que hemos aceptado, en algo tan fundamental como las articulaciones del tiempo, la perspectiva occidental, la perspectiva de una de las muchas culturas que ha conocido la historia. Pregúntese hoy a un auténtico vietnamita, un auténtico maya o un auténtico hebreo (para mencionar sólo unos pocos casos, y evocar sólo preguntas que he hecho), y responderán lo que es obvio: que para ellos la Humanidad en su conjunto no está ante su tercer milenio, pues hay otras formas de medir el tiempo. Nosotros, sin embargo, nos valemos normalmente de aquella expresión. Y también normalmente nos valemos de idiomas que en cierta forma tienen similares raíces. Bien sabemos que esos instrumentos intelectuales empezaron a ser trasvasados hace quinientos años a este Hemisferio donde vivimos. Y aunque ello muestra nuestros inocultables orígenes coloniales, no nos corta del resto de los seres humanos. Por el contrario, nos vincula a ellos. Volvamos por un instante a la cuestión de los idiomas.
Español (que antes se llamó castellano) y portugués (que es la otra cara del gallego) fueron, como sabemos bien, dialectos que hace cosa de un milenio se desgajaron (es un decir) del latín. Y a su vez el latín se desgajó de una lengua previa, llamada a posteriori “indoeuropea”, de la que proviene la mayoría de los idiomas hablados hoy en Europa, con excepciones como el vasco (que probablemente ya se hablaba cuando llegó el “indoeuropeo”), el finés y el húngaro, cuyo antepasado fue llevado por las invasiones mogólicas: no en balde “Atila” es nombre simpático en húngaro. Del “indoeuropeo” provienen también lenguas asiáticas como el persa y el sánscrito. Ni siquiera sabemos cómo llamaban al “indoeuropeo” los que lo tenían por lengua materna. En general, es bien poco lo que se conoce de él. Saussure, quien no sólo echó las bases de la lingüística moderna (lo que no hace al pobre culpable de las gansadas dichas después supuestamente a su estela), sino que además fue una especie de Mozart de esa disciplina, no había cumplido aún veinte años cuando dio a conocer su Memoria sobre el vocalismo indoeuropeo, que reveló el sistema vocal de aquel idioma. Y algún sabio imaginativo (como suelen serlo los mejores) se atrevería después a conjeturar cómo debió ser una fábula indoeuropea. Pero sabemos menos de esta lengua que de los dinosaurios. Sabemos, sí, que éstos existieron hace millones de años, y aquélla hace millares. Sólo que si unos se extinguieron, de la otra no puede decirse en rigor que se extinguió (como sí se extinguieron el hitita o el córnico, pues no dejaron descendencia conocida), sino que se transformó. ¿Qué fueron el sánscrito, el persa, el griego, el latín, el germano, el sajón, sino formas que, en épocas recientes, asumió el “indoeuropeo”? Y el español (como el gallego, el catalán, el francés, el italiano o el rumano), ¿qué son sino formas que asumió el latín? Por lo que, cuando en nuestra América nos valemos del español y el portugués, que durante la mitad de sus vidas hemos reelaborado también nosotros, no hay manera de que nos sintamos utilizando una lengua extraña. En ambas orillas del Atlántico tenemos el mismo derecho a decir que somos dueños de idiomas que, en última instancia, con respecto al “indoeuropeo”, son para decirlo con un término del venerable sánscrito, avatares suyos.
Las lenguas en forma alguna están maridadas con etnias fijas. No sólo hay incontables ejemplos individuales de esto (el primer gran escritor ruso fue el mulato Pushkin, y ningún poeta actual escribe un inglés más puro e intenso que el del mulato Derek Walcott, mientras la poesía en español no tuvo en este siglo acentos más hondos que los que le dieron los cholos Rubén Darío y César Vallejo), sino sobre todo incontables ejemplos colectivos: véase el caso del español, que en Europa, América, África y Asia es hablado por las comunidades más diversas. Por ello, el criterio según el cual la lengua “indoeuropea” habría sido hablada por una supuesta “raza indoeuropea” (criterio que sirvió de apoyo a las teorías racistas) carece de toda base científica. Por el contrario, como tantas otras realidades culturales, los idiomas se desentienden de esas estrecheces, y ratifican la esencial unidad del ser humano.
Puesto que he utilizado el término “cultural”, me detendré en el vocablo “cultura”, tomado ahora como el sistema de producciones y relaciones propio de una determinada sociedad humana. En este sentido, es notorio que la Humanidad ha conocido varias grandes culturas, muy diversas entre sí, pero que en sus respectivos momentos de esplendor se estructuraron en torno a unas pocas formaciones económico-sociales. No perderé el tiempo repitiendo lo que todo el mundo sabe. Simplemente recordaré que una sola de esas grandes culturas alcanzó dimensión mundial: la cultura occidental. Y que, a diferencia de los casos anteriores, a su formación económico-social correspondiente, el capitalismo, tan sólo ella llegó de modo directo. Además, como tal formación requirió para su desarrollo el saqueo del resto del planeta (tal fue el procedimiento por el que alcanzó dimensión mundial), hizo imposible en éste, en general, desarrollos similares al suyo. En todos los continentes, numerosas culturas se erigieron en torno a modos de producción esclavista, feudal o “asiático”. Pero sólo Occidente, en Europa, accedió al modo de producción capitalista, y al hacerlo sofocó accesos similares en otros sitios. Fuera de Europa, grandes desarrollos capitalistas sólo conocerían países como los Estados Unidos, Canadá y Australia, que fueron colonias de Inglaterra, el país capitalista por excelencia hasta este siglo. Los colonizadores ingleses, en calidad de “pueblos trasplantados” (como diría Darcy Ribeiro), aniquilaron allí al grueso de las poblaciones indígenas y trasladaron y a veces incrementaron las estructuras de la metrópoli. También esos países forman parte hoy de “Occidente” (que hace tiempo dejó de tener connotación geográfica), y en lo sustancial están poblados por “blancos”: las criaturas que ellos llaman “de color” han sido allí, si no exterminadas, marginadas. Hay, sin embargo, una gran excepción: la del Japón, el cual, debido a un involuntario equilibrio de grandes potencias en torno suyo, logró escabullirse e impulsar una original evolución de su feudalismo hacia un capitalismo propio y fuerte. El interesante caso de los “dragones asiáticos” no permite aún, por cercano e indeterminado, un juicio suficiente. Pero tanto Japón como esos “dragones”, y por supuesto África del Sur e Israel, otros “pueblos trasplantados”, también forman parte de “Occidente”.
No así el resto de los países, donde vive la gran mayoría de la Humanidad. Hoy, más que “Occidente”, se tiende a llamar “Norte” a los escasos países de gran desarrollo capitalista, y “Sur” al conjunto numeroso de los otros. Como la explotación de estos últimos hizo (hace) posible la riqueza de los primeros, propuse hace un cuarto de siglo que a éstos se les llamara “subdesarrollantes”, ya que la ONU había bautizado eufemísticamente a los segundos “subdesarrollados”, e incluso (oh imaginación) “en vías de desarrollo”.
Un sólido vocero de la reacción, la revista Time, dedicó su entrega especial de otoño de 1992 al tema Más allá del año 2000. Qué esperar del nuevo milenio. Se trata de un número que no tiene desperdicio, si se quiere saber no sólo cómo ve la derecha el porvenir, sino también el pasado: siempre, desde luego, de acuerdo con sus intereses. En uno de los artículos de esa entrega se dice: “El triunfo del Oeste fue en muchos aspectos una sangrienta vergüenza: una historia de atrocidad y rapiña, de arrogancia, avaricia y expoliación ecológica, de desdén hybrístico hacia otras culturas e intolerancia hacia creencias no cristianas” (p. 18).
“A confesión de parte, relevo de pruebas”, dice una vieja fórmula jurídica. Sólo hay que modificar un punto en las palabras de Time: el uso del pasado. Tal infamia no es lo que “fue”: es lo que es, para el resto del planeta, la situación en que el Oeste lo colocó y en que vive ahora.
El Oeste (el capitalismo) ha significado enriquecimiento material para zonas de unos cuantos países que se pueden contar con los dedos de un ser humano (aunque incluso en esos países hay grandes áreas de explotación, pobreza y prejuicios), pero sobre todo ha significado violencia y opresión para la inmensa mayoría de la Humanidad. Aplastó en todas partes (América, Asia, Oceanía) culturas a veces grandes; sigue aplastando hoy a sus sobrevivientes. Desencadenó en 1914 la más sangrienta y devastadora guerra que nunca ha existido y no ha terminado, pues si conoció ya dos períodos bélicos (1914-1918, 1939-1945), parece en vísperas de un tercero, que daría al traste con el experimento humano. Mediante la imposición de un capitalismo degradado, periférico, ha sembrado el mundo de pobres: hoy lo son dos de cada tres personas; si las cosas no cambian, a mediados del siglo XXI lo serán nueve de cada diez. La inmensa mayoría de ellos vive y vivirá en el Sur, donde la delgada capa de ricos ha logrado ese nivel casi siempre por su complicidad con el Norte, del que se siente integrante, y no de sus pueblos.
Por otra parte, si del infierno de la guerra mundial desencadenada en 1914 brotó en 1917, en el arcaico imperio zarista, el más dilatado y ambicioso experimento socialista nunca acometido, el fracaso de tal experimento, tras las invasiones que padeció, la prematura muerte de Lenin, los crímenes del estalinismo y al cabo el abandono del proyecto, propinó el más rudo golpe que han recibido las esperanzas anticapitalistas, socialistas.
Es decir, que tanto en su vertiente indudablemente principal, la capitalista, como en su otra vertiente, que se opuso a aquélla, el experimento socialista ruso, el fracaso de la civilización europea (y sus ramificaciones en otras partes) ha conducido a la Humanidad a un callejón al parecer sin salida.
Recordemos algunos rasgos del mundo de hoy: la presunta descolonización que siguió al segundo período de la Guerra Mundial llevó a la gran mayoría de las colonias tradicionales de ayer a ser no países liberados sino neocolonias, explotadas gracias a mecanismos como el intercambio desigual y la deuda externa; en períodos cortos mueren de hambre o enfermedades curables tantos niños como seres humanos perecieron en Hiroshima y Nagasaki, mientras millones de otros niños deambulan sin hogar, se les prostituye, se les compra para vender sus órganos o se les mata como ratas; epidemias que se creían medievales regresan a pasos agigantados y se les suman otras nuevas como el sorprendente SIDA, acaso producido por el propio ser humano; se multiplica el azote diabólico de las drogas, estimuladas por el mercado sin entrañas y consumidas para olvidar el oscuro presente; renacen xenofobias y racismos espantosos, vergüenzas que se creía haber dejado atrás; se extinguen incontables especies animales por el animal humano, sobre todo en su variedad occidental o norteña, quien por añadidura está provocando ambientes donde también a él la supervivencia amenaza con hacérsele imposible. Como es lógico, la gran mayoría de estos males aqueja sobre todo a los países del Sur. Ello explica que los habitantes del Sur se estén trasladando en modo masivo al Norte (y ocurre incluso en el interior mismo de muchos países, donde hay un “Norte” y un “Sur” locales). Es decir, que cuando el norte se cree vencedor en todo, y hasta le dicen que ha llegado el fin de lo que Stephen Dedalus llamó la pesadilla de la historia, sus ciudadelas están rodeadas por millones de hambrientos que vienen del Sur. En vano el Norte levanta barreras para impedir su entrada u organiza pogroms cuando ésta ha ocurrido.  
Parecería, digo, que la Humanidad se encuentra ante un callejón sin salida. Pero ello no sólo no nos exime de mirar de frente la gravísima situación, sino que nos obliga imperiosamente a hacerlo. ¿Será posible que, ante el lamentable estado en que ha venido a parar la cultura occidental, podamos poner nuestras esperanzas en otra cultura distinta, que le sucedería sobre el planeta? Ante esta pregunta, y con el inevitable carácter conjetural que están obligadas a tener las palabras en un caso así, mi respuesta es tanto afirmativa como negativa. Paso a explicarme.
Occidente ha resultado ser la última gran cultura parroquial de la Historia. Después de ella, ya no será posible ninguna otra cultura parroquial. La llamo así porque, como todas las anteriores, surgió en una comarca limitada; y, como aquellas culturas, ha vivido tomando en consideración intereses de unos pocos, e incluso ha establecido barreras férreas entre sus escasos beneficiarios y las grandes mayorías de cuya explotación inmisericorde se ha nutrido y se nutre. No en balde si la horrible e inconclusa guerra mundial encendida en Europa este siglo es acaso su gran aporte práctico, entre sus más conspicuos aportes intelectuales se cuenta su implacable exposición y defensa del racismo: éste sería desarrollado a partir del siglo XVI, como alibi de la presunta misión civilizadora con que disfrazó el despojo a la Tierra a fin de amasar sus riquezas.
En este sentido, lo único que distinguió su terrible faena de las de otras civilizaciones anteriores fue la cantidad. Pero cantidad tan enorme que le dio un horizonte mundial. Y por ello, a partir del actual imperio de Occidente (que ahora se perfila trifronte, con extremos en los Estados Unidos, Japón y Alemania), no podrá haber más que una sociedad post-occidental, que deberá asumir un rostro realmente ecuménico. En relación con esa futura sociedad ecuménica, las zonas del mundo que han sido explotadas por Occidente y que, por supuesto, no forman parte de su cogollo, como es el caso de nuestra América, sólo tienen un destino posible. Ese destino es el de colaborar al advenimiento de tal sociedad del mañana. Y ello lo haremos sin abandonar torpemente (lo que por otra parte es imposible) las numerosas conquistas intelectuales de la Humanidad, la mayoría de las cuales nos llegaron a través de occidente, o incluso fueron producidas en su seno, pero son ya tan nuestras como suyas. ¿No se ha visto así en lo tocante a los idiomas? Que en esto, como en otras muchas cosas, nos sirva de guía el propio Occidente, el cual, por ejemplo, conoció el pensamiento griego gracias al mundo árabe, lo que no le impidió proclamar luego a Grecia (no al mundo árabe) como su antepasado orgánico, cosa que por supuesto no es cierta: es otra invención occidental. “Injértese en nuestras repúblicas el mundo”, dijo también Martí añadiendo en seguida: “pero el tronco ha de ser nuestras repúblicas”.
Esa cultura, civilización o sociedad post-occidental, la única no parroquial, que estamos obligados a construir, no podrá elaborarse en torno a la osamenta de Occidente: el capitalismo, un barco herido (y heridor) de muerte. Habrá que ensayar de nuevo, esta vez a escala mundial, una estructura más justa y generosa, que es lo que implica el socialismo. El fracaso del experimento ruso (un fracaso que comenzó hace muchas décadas, aunque no lo viéramos precipitarse ante nuestros ojos) se suma a otros fracasos anteriores y paralelos, como el de la Comuna de París, el de la Revolución Rusa de 1905, los conatos en Alemania y Hungría después de 1918 o la España derrotada de 1939. Son rudos golpes, pero no son el fin de un proyecto que renacerá mil veces si fuera necesario. Además, quedan oasis amenazados pero no vencidos. Y no tengo que insistir porque escribo desde uno de ellos, puesto que escribo desde Cuba. Aunque sí debo insistir que no escribo pensando sólo –ni primordialmente- en Cuba. Si, debido a la revolución comenzada en 1959, que afectó intereses de lo que fue nuestra metrópoli, el país donde nací y vivo conoce grandes dificultades, no son menos grandes las dificultades que conoce nuestra América en su conjunto, e incluso el mundo todo.
Hay que acostumbrarse a pensar y sentir con entrañas de Humanidad, como Martí nos enseñó a hacer. De lo contrario, los seres humanos estamos perdidos.  Y si el horizonte de la Humanidad no puede ser el de la cultura occidental que se pretende mundial , tampoco puede serlo el de nuestra etnia o nuestra tribu. Ejemplos de ambos desvíos nos lo ofrecen las guerras calientes que han seguido a la llamada Guerra Fría. La guerra del golfo supuestamente fue una guerra de las Naciones Unidas contra uno de esos tiranos que el Norte no se ha cansado de inventar o apuntalar: en realidad, fue una nueva y atroz guerra del Norte, a la que se unieron algunos cipayos del Sur, para garantizarse entre otras cosas el control del petróleo. Por otra parte, las guerras interétnicas que tienen lugar en lo que fueron la Unión Soviética y su esfera de influencia, revelan el fracaso de un universalismo abstracto que se trató de imponer artificialmente en aquellas zonas y a la postre no hizo sino exacerbar reacciones locales de incalculables consecuencias negativas.
Es deber nuestro impugnar ambas guerras. E incluso, en lo que toca al primer tipo de ellas, luchar activamente contra lo que aquella guerra del golfo mostró sin embages: la contradicción creciente, en el seno del Norte, entre los Estados Unidos, que pusieron lo esencial de las fuerzas militares, y Alemania y Japón, que las pagaron (no pudiendo hacerlo los Estados Unidos, que siguen siendo la primera potencia militar del mundo, pero ya no son la primera potencia económica). Si no se detiene el crecimiento de esa contradicción, basada en último extremo en la voluntad de repartirse de nuevo un mundo ya repartido, ella conducirá inexorablemente al tercer período de la guerra Mundial, que será su último período: y el fin de la Humanidad.
En la lucha contra ese tercer período, que ocurriría al principio del “tercer milenio” (para la humanidad no habría otro), tenemos que participar cuantos, en el Norte y en el Sur, estamos convencidos de que el capitalismo no tiene porvenir, y podrá arrastrar (está arrastrando ya) en su inexorable caída al experimento humano, que tanto ha costado al pobre y grandioso y al parecer único Cosmos. ¿Le damos una mano los hombres y mujeres de buena voluntad que compartimos este asendereado planeta, o nos sentamos, culpables, a ver qué incalculable horror le dejaremos en herencia a nuestros inocentes nietos, por no haber sabido defender nuestros sueños, que son la materia de que está hecha la vida?


Texto presentado en una reunión de intelectuales latinoamericanos en Chiapas y recogido por Adolfo Colombres en el libro América Latina: El desafío del tercer milenio Ediciones del Sol Buenos Aires.

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