Buena la ha armado el secretario de Organización del PSOE, José Blanco, por acusar a Israel de la premeditada muerte de personas civiles en el Líbano. Tanto, que ha tenido que acudir a las consabidas excusas del digo y del Diego, y de las palabras sacadas de contexto. Como era de esperar, se le ha tildado de enemigo del pueblo hebreo, sin que las rectificaciones hayan servido para enmendar el entuerto. Sus adversarios políticos no soltarán la presa. Yo creo, sin embargo, que las matanzas indiscriminadas en ese país (y en Gaza) son lo suficientemente graves como para no perdernos por las ramas. Dejemos los usos diplomáticos y vayamos a lo que nuestros ojos están viendo y nuestros oídos están oyendo desde hace más de dos semanas. La controversia sobre lo que allí ocurre ha derivado, según era presumible, en un cambio de descalificaciones. Quien se atreva a censurar cualquier aspecto de la política israelí recibirá de inmediato el socorrido sambenito de antijudío, pero tampoco en este caso la cansina repetición de una mentira la transformará en verdad. Yo seguiré diciendo que nada justifica las operaciones israelíes contra la población civil del Líbano. Dinamitar un bloque de vivienda y causar la más que previsible muerte de centenares de personas es un asesinato múltiple, sea con dolo directo o eventual. Basta preguntar a cualquier estudiante de Derecho. Y a partir de ese ejemplo teórico habrá que juzgar las barbaridades o excesos de una conducta que incluso los amigos incondicionales de Tel-Aviv tildan de desproporcionada. El Ejército israelí posee los más sofisticados medios para identificar y atacar sus objetivos, pero ahora resulta que confunde las bases de lanzamiento de los cohetes de Hezbollah con una central eléctrica o con los autobuses de la pobre gente que escapa despavorida del infierno. Probablemente ningún pueblo haya tenido tanta influencia como Israel en la Historia de la Humanidad. Y pocos habrán sido objeto de tantas persecuciones (más por parte de los países cristianos que a manos de los árabes). Judíos fueron Jesús, Marx, Freud y Einstein, por citar sólo cuatro nombres de una lista interminable. Me gustaría que el Estado de Israel, que también fue precedido por actos terroristas de organizaciones hebreas, se consolidara definitivamente. Hezbollah y Hamas son dos organizaciones terroristas árabes. Pero en la lucha contra el terror no vale todo. Ni el ciento por uno ni la responsabilidad colectiva. Sí sería muy positivo, por el contrario, cumplir las resoluciones de Naciones Unidas sobre el regreso de los palestinos exiliados, el regreso a las fronteras de 1967 y la evacuación de los asentamientos en los territorios ocupados. Ahora, cuando se multiplican los gestos indignados de Tel-Aviv por la nueva ola del supuesto antisemitismo, Kofi Annan, secretario general de las Naciones Unidas, denuncia el “ataque supuestamente intencionado” que ha matado a cuatro observadores de dicha organización. El error alegado por los israelíes fue precedido por diez avisos que de nada sirvieron. Es una lástima que los asesinatos de niños y mujeres libaneses, en número bastante más alto, no hayan merecido, ni antes ni después de la muerte de los observadores de la ONU, una reacción tan clara por parte de los representantes de las más altas instituciones internacionales. También aquí hay silencios o disculpas en línea con lo políticamente correcto. Estrella Digital |
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