ARTE
VICENTE JARQUE
Levante-EMV
En un mundo ensombrecido por barruntos apocalípticos, infestado de terrorismo, estulticia y miseria globales, en pleno cambio climático, mientras se deshielan los polos y esperamos una crecida del nivel del mar capaz de tragarse ciudades enteras (como Valencia, sin ir más lejos), parece como si no quedasen muchos motivos para creer en el progreso de la humanidad. Los grandes avances tecnológicos, salvo los de la medicina, no sólo no bastan para generar confianza en un futuro mejor, sino que tienden a presentarse como una instancia encubridora de la realidad, como un sucedáneo virtual en donde se disuelven o desvirtúan los viejos valores humanos.
Ya sé que no es bueno exagerar, pero algo de eso hay. En todo caso, en este contexto no sé si resulta conmovedor, estimulante o simplemente sorprendente comprobar que existe un ámbito de la cultura donde se respira optimismo y se vive en una atmósfera expansiva que no puede sino contrastar con los tintes angustiosos de la experiencia histórica del presente. Me refiero al universo del arte, un territorio ilimitado, inmarcesible, prolífico, bullicioso y, por lo visto, tan preñado de futuro como de glorioso pasado.
Al lector no especializado en estos temas habría que recordarle que hay un filósofo americano (Arthur C. Danto) que sostiene que el arte ha alcanzado una fase de emancipación absoluta y definitiva, de modo que, al menos en principio, cualquier cosa puede ser arte y el artista, por tanto, puede hacer exactamente lo que le dé la gana. ¿Se dan cuenta? ¡Vaya suerte! Porque eso, desde luego, no se puede decir de ninguna otra clase de trabajo, ni de ningún otro ámbito de la cultura, en donde se supone que aún hay que asumir la existencia de ciertas reglas, aunque sólo sea para contravenirlas.
La verdad es que, si uno echa una ojeada por ahí, no faltan razones para concordar con ese diagnóstico. Puede bastar un par de ejemplos recientes. Hace unos días leíamos que en la Tate Modern de Londres (hoy en día el centro de arte más prestigioso del mundo, por cierto que dirigido por nuestro Vicent Todolí) se ha presentado la obra de un artista alemán consistente en una especie de gran tobogán por el que el público se desliza, según los casos, con susto o regocijo. Se cuenta que la famosa Prada, la reina del diseño y de la moda, tiene en su oficina un artilugio análogo, que la lleva desde su despacho hasta el aparcamiento. Me imagino que así llega al mismo en un periquete, sin necesidad de ascensor. Ahora bien, ella usa el tobogán con fines prácticos (para bajar, se entiende: para subir es más difícil). Lo que sucede es que el tobogán de la Tate está ahí como obra de arte, lo que le exime de cualquier utilidad concreta, aun cuando mucha gente se sirva de él para regresar a la infancia como haría en un parque de atracciones.
Otro caso, más próximo, es la iniciativa de Josep Maria Martín, quien ha puesto de acuerdo al Espai d´Art Contemporani y el Hospital General de Castellón. Lo que ha hecho es llevar el arte al hospital, incluyendo la planta de enfermos terminales, en donde ha diseñado espacios destinados al ejercicio de las emociones. El más simpático, a mi parecer, es el que se ofrecerá, se dice, como espacio para el pitillo, para que los familiares de los enfermos puedan aliviar sus tensiones y su dolor fumando en paz en un lugar en donde, de otro modo, serían severamente multados si fuesen descubiertos. He aquí otra situación en la que el arte se manifiesta como espacio modélico de libertad.
Aquí no se trata de hacer crítica de arte. Pero, de hecho, estos ejemplos resultan quizá más significativos que aquellos otros determinados por las más actuales tecnologías, sobre todo cuando son confundidos con la única línea concebible para un arte del futuro. Precisamente porque el arte puede ser cualquier cosa, no tiene por qué asumir ningún compromiso de esa clase. Paul Auster ha declarado hace poco su fe en la permanencia de la novela como forma literaria. Pero lo mismo podría decirse de la pintura, ese arte tan antiguo, por mucho que proliferen -es inevitable- los toboganes y las webs artísticas.
En un mundo en donde el progreso se torna incierto, pero ineludible como signo de esperanza, tal vez sería bueno reflexionar sobre las peculiares relaciones del arte con el concepto de progreso. Pues, en realidad, la historia del arte no puede ser la de un progreso, por la sencilla razón de que el arte no tiene, como tal, ninguna meta señalada en el futuro. Al contrario: por fin sabemos que una obra de arte, si es auténtica, puede ser cualquier cosa, pero cualquier cosa lograda, conseguida ya, aquí y ahora, y no un mero eslabón de ninguna cadena histórica, sino improbable testimonio de libertad en ausencia de libertad, metáfora de la experiencia plena en plena crisis de la experiencia.
Levante-EMV
En un mundo ensombrecido por barruntos apocalípticos, infestado de terrorismo, estulticia y miseria globales, en pleno cambio climático, mientras se deshielan los polos y esperamos una crecida del nivel del mar capaz de tragarse ciudades enteras (como Valencia, sin ir más lejos), parece como si no quedasen muchos motivos para creer en el progreso de la humanidad. Los grandes avances tecnológicos, salvo los de la medicina, no sólo no bastan para generar confianza en un futuro mejor, sino que tienden a presentarse como una instancia encubridora de la realidad, como un sucedáneo virtual en donde se disuelven o desvirtúan los viejos valores humanos.
Ya sé que no es bueno exagerar, pero algo de eso hay. En todo caso, en este contexto no sé si resulta conmovedor, estimulante o simplemente sorprendente comprobar que existe un ámbito de la cultura donde se respira optimismo y se vive en una atmósfera expansiva que no puede sino contrastar con los tintes angustiosos de la experiencia histórica del presente. Me refiero al universo del arte, un territorio ilimitado, inmarcesible, prolífico, bullicioso y, por lo visto, tan preñado de futuro como de glorioso pasado.
Al lector no especializado en estos temas habría que recordarle que hay un filósofo americano (Arthur C. Danto) que sostiene que el arte ha alcanzado una fase de emancipación absoluta y definitiva, de modo que, al menos en principio, cualquier cosa puede ser arte y el artista, por tanto, puede hacer exactamente lo que le dé la gana. ¿Se dan cuenta? ¡Vaya suerte! Porque eso, desde luego, no se puede decir de ninguna otra clase de trabajo, ni de ningún otro ámbito de la cultura, en donde se supone que aún hay que asumir la existencia de ciertas reglas, aunque sólo sea para contravenirlas.
La verdad es que, si uno echa una ojeada por ahí, no faltan razones para concordar con ese diagnóstico. Puede bastar un par de ejemplos recientes. Hace unos días leíamos que en la Tate Modern de Londres (hoy en día el centro de arte más prestigioso del mundo, por cierto que dirigido por nuestro Vicent Todolí) se ha presentado la obra de un artista alemán consistente en una especie de gran tobogán por el que el público se desliza, según los casos, con susto o regocijo. Se cuenta que la famosa Prada, la reina del diseño y de la moda, tiene en su oficina un artilugio análogo, que la lleva desde su despacho hasta el aparcamiento. Me imagino que así llega al mismo en un periquete, sin necesidad de ascensor. Ahora bien, ella usa el tobogán con fines prácticos (para bajar, se entiende: para subir es más difícil). Lo que sucede es que el tobogán de la Tate está ahí como obra de arte, lo que le exime de cualquier utilidad concreta, aun cuando mucha gente se sirva de él para regresar a la infancia como haría en un parque de atracciones.
Otro caso, más próximo, es la iniciativa de Josep Maria Martín, quien ha puesto de acuerdo al Espai d´Art Contemporani y el Hospital General de Castellón. Lo que ha hecho es llevar el arte al hospital, incluyendo la planta de enfermos terminales, en donde ha diseñado espacios destinados al ejercicio de las emociones. El más simpático, a mi parecer, es el que se ofrecerá, se dice, como espacio para el pitillo, para que los familiares de los enfermos puedan aliviar sus tensiones y su dolor fumando en paz en un lugar en donde, de otro modo, serían severamente multados si fuesen descubiertos. He aquí otra situación en la que el arte se manifiesta como espacio modélico de libertad.
Aquí no se trata de hacer crítica de arte. Pero, de hecho, estos ejemplos resultan quizá más significativos que aquellos otros determinados por las más actuales tecnologías, sobre todo cuando son confundidos con la única línea concebible para un arte del futuro. Precisamente porque el arte puede ser cualquier cosa, no tiene por qué asumir ningún compromiso de esa clase. Paul Auster ha declarado hace poco su fe en la permanencia de la novela como forma literaria. Pero lo mismo podría decirse de la pintura, ese arte tan antiguo, por mucho que proliferen -es inevitable- los toboganes y las webs artísticas.
En un mundo en donde el progreso se torna incierto, pero ineludible como signo de esperanza, tal vez sería bueno reflexionar sobre las peculiares relaciones del arte con el concepto de progreso. Pues, en realidad, la historia del arte no puede ser la de un progreso, por la sencilla razón de que el arte no tiene, como tal, ninguna meta señalada en el futuro. Al contrario: por fin sabemos que una obra de arte, si es auténtica, puede ser cualquier cosa, pero cualquier cosa lograda, conseguida ya, aquí y ahora, y no un mero eslabón de ninguna cadena histórica, sino improbable testimonio de libertad en ausencia de libertad, metáfora de la experiencia plena en plena crisis de la experiencia.
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