Eduardo, por Enriqueta
"Cada amigo representa un mundo dentro de nosotros, un mundo que posiblemente no nace hasta que llega y es a través de ese encuentro que nace un nuevo mundo".
Cuando Eduardo llegó a mi vida no se parecía en nada a lo que deseaba como amigo. Era una auténtica empanada mental. Yo siempre he sido un poco simple y lógicamente necesitaba personas sin complicaciones.
¡Dios mío Eduardo como eras! Reivindicativo, solidario, ¿creyente? Creo que no mucho, pero no podías todavía dejar el lastre que supone muchas veces las consignas que damos los padres. Pero me debías de parecer divertido porque me reía contigo.
Eras un cóctel a punto de desbordarse en un vaso. De izquierdas, pero más de izquierdas que nadie; no dejabas títere con cabeza, querías cambiar el mundo, discutidor nato, casi en posesión de la verdad y todo eso te llevaba a estar siempre en el lado distinto de la persona que tenías enfrente.
Recuerdo nuestras largas charlas cuando yo pasé la hepatitis, no lo sabes, pero eras la persona que más me visitaba. En esa época fue cuando empezaste a formar parte de mi vida y eso que en aquéllos frágiles momentos para mí, el esfuerzo casi sobrehumano que tenía que hacer para tratar de entenderte me agotaba. Con permiso de Amelia... ¿se llamaba Pilar aquella chica que me trajiste un día y otro y otro... y que yo como madre adoptiva (así me sentía a veces contigo) te decía que no te convenía?
Pero el tiempo pasa y fui queriéndote y conociéndote, te fuiste asentando, nunca dejaste de ser tú y por supuesto sigues siendo divertido. Hoy te siento como un amigo generoso y bueno, con capacidad de darse, disponible cuando te necesito, que quiere a las personas, pero con necesidad también de que te quieran.
Sabes escuchar, porque durante los largos paseos que damos, en los que hablamos de lo divino y de lo humano, siempre he sentido tu comprensión, incluso tu admiración ante cosas que no siempre ves claras o de las que piensas distinto. Eres una persona sencilla que defiendes tus criterios sin imponerlos, sabes respetar la identidad del otro. Tu no lo sabes, pero eres tierno, y en ocasiones tiendes a esconder dicha ternura en esa manera desenfadada y despreocupada que tienes de vivir.
Eduardo, ya sabes que te quiero y que en unas líneas no soy capaz de reflejar todo lo que he compartido contigo. Como digo al principio, tu llegaste y te instalaste en mi historia. ¡Dice no sé quién...! "Que en nuestra vida vivimos la amistad cuando alguien se nos acerca y reconocemos en él, el rostro de un hermano". Te dedico este poema de Mario Benedetti porque cuando lo leo te siento dentro de él.
Te quiero.
Enriqueta
Aquí
Lo reconstruyo todo... signo a signo
y así me reconozco todavía
en estas calles que caminan lentas
por el otoño tantas veces dicho
lo bueno es la historia repentina
el sortilegio ante un postigo verde
andar al sol como un convaleciente
mirarlo todo... respirarlo todo
cuelgo la soledad en el perchero
y ella me mira con sus ojos pardos
entonces me conmueve y la descuelgo
y la llevo conmigo a conocerme
pues andar por las calles es saberme
es admitir que soy de esta bicoca
aquí pasé vestido por la infancia
desarrapado por edades varias
aquí aprendí a leer todos los símbolos
aquí aprendí a volar y a derrumbarme
a cantar para adentro mano a mano
malena y bandoneón arrabalero
aquí tuve mis nieblas, mis garúas,
un teléfono harto de amenazas,
la magia de los jóvenes y un tira
que me fotografiaba escrupuloso
aquí fui réprobo violento tierno
fueron conmigo tiernos y violentos
tengo puertas de amor...
bocas que ultrajan o que besan
aquí no me aburrí... viví sin tedio
nunca me empalagué de esta dulzura
las olas de tristeza me anegaron
pero sobreviví como dispensa
aquí naciente aquí tan existido
tan crónica de siempre y de jamases
conozco sus alertas como halagos
sus salvaguardias como tapias
aquí del mar... aquí de la pradera
aquí del pobre... aquí de la osadía
aquí visto de allá... tan impreciso
aquí visto de aquí... tan transparente
revivo aquí con esperanza y duelo
me reconstruyo aquí y me reconozco
en estas calles que caminan lentas
por el otoño tantas veces dicho.
Mario Benedetti

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