Eduardo, por Juan Vicente
En esta aventura en la que nos hemos embarcado, sin saber muy bien a dónde podremos llegar y si realmente conseguiremos lo que nos hemos propuesto, lo que sí nos mueve es la ilusión por conseguirlo, el sentir que tenemos que hacerlo y que podemos.
Esto es lo que nos movía hace unos cuantos –bastantes- años, cuando empezamos a trabajar juntos en aquellos proyectos-utopía de AUXILIA, que nos parecían tan asequibles o que, al sobredimensionar nuestras fuerzas por el efecto de la fuerte ilusión y el convencimiento, nos parecían al alcance de la mano, del trabajo que nos proponíamos hacer.
Nos conocimos en el Sanatorio de la Malvarrosa. Yo estaba ingresado, convaleciente de mi intervención de columna y tu viniste por allí a dar clases a alguien. También con motivo de alguna Convivencia de las de Jesús y María, creo recordar que viniste alguna vez con tu padre para trasladar en el coche a algunos, como colaboración en aquello que nuestro amigo Antonio instituyó como "equipos de piernas".
Fue más tarde cuando coincidimos en el "Equipo de Mentalización" y luego en el "Núcleo"..., incluso compartimos candidatura a Coordinador Local, y perdimos las elecciones, en la única ocasión en que ha habido campaña y más de una candidatura...
Mi sensación entonces era en cierto modo contradictoria. Conseguías mantenerte detrás de la máscara, a una cierta distancia. Controlabas los temas por encima de los demás; tenías una capacidad de análisis, de argumentación, casi infinitos... y ninguna prisa, no te importaba pasar horas en el debate, a veces hasta la exasperación.
Con el tiempo, ya después de aquella etapa, he ido descubriendo tu cercanía, tu afecto, ese Eduardo que aflora debajo de la piel, que va dejando atrás la máscara, y te siento hoy como un verdadero amigo, cariñoso, que cultiva la relación casi día a día, aún sin recibir igual correspondencia en ese trabajo, que pone por encima de todo la amistad y deja en un segundo plano lo demás, que siempre está dispuesto en cuanto alguien lo necesita, que expresa sus sentimientos y es capaz de transmitir en un momento todo lo que a otros nos cuesta...

Creo, Eduardo, que tienes un gran corazón, que estaba agazapado, pero que desde hace tiempo ya no puede contenerse. Te quiero, aunque no sea capaz de contestar todos tus e-mails, pero me gusta recibirlos, notar que estás ahí.
Sigue así otros 50 al menos, con tu solidaridad, tu compromiso, tu AMOR...
Juan Vicente

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