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Frontera

 Jesús Gómez Gutiérrez
La Insignia. España, agosto del 2006
 He contado diez, doce, en el espacio de unas pocas calles. Tumbados en los bancos, sentados, encogidos en un portal, casi todos dormidos por la hora y con el consentimiento de la brisa de agosto. Dentro de unos meses, serán formas ocultas tras cartones; tres iniciales, fallecidos, procesos de congelación en noticias secundarias. El invierno no simpatiza con la pobreza. Hubo un tiempo en el que la distancia de este paseante era menor. La calle son vidas que se cruzan, y con la espera suficiente, en los horarios adecuados, no hay contrarios que no puedan compartir asiento. Unos se levantaban y se marchaban. Otros no. Normalmente, el encuentro era breve: intercambio de palabras, tal vez de otras cosas con los que allí estábamos, fin. El proceso de exclusión no había arrojado a la nada a miles de trabajadores, sin familia, sin casa, deprimidos, solos, fuera de juego, como ahora; su común denominador estaba lejos de las mujeres y los hombres de esos bancos y más cerca de la enfermedad mental, motivo que imponía desconfianzas cortantes. Pero la acera es igual. Los estómagos se llenan y se vacían igual. El cinismo oficial es igual y no todo se esconde, distante, tras las paredes de los albergues. Para empezar, hay que eliminar malentendidos. Entre el mundo con techo y el mundo sin techo hay muchos niveles. Los habitantes del primero pensamos que existe una frontera y que no podemos caer al segundo, férreamente separado en la imaginación. Unos lo creen tanto más cuanto más cerca estén de la caída: si se camina por el borde del precipicio no hay que recordar el vacío. Otros, con mayor margen, lo creen porque conviene y lo olvidan o miran con odio de animal perteneciente a una especie distinta, alcaldes del conocido relato de Guy de Maupassant. Pero si alguna vez existió una ilusión de frontera, se ha borrado. Un mal paso y es el nivel inferior. Uno más, y nada nos sostiene. La diferencia, el único elemento de seguridad, suele estar en las estructuras familiares. En su ausencia, la soledad se basta y se sobra para decidir la identidad de los personajes, quién pasea en una noche de verano y quién se queda. Vivo en un país donde alrededor de ocho millones y medio de personas, el 20% del total, se encuentran bajo el nivel de la pobreza. Dato concluyente, aunque no tanto para el verdadero alcance de la situación como éste: el 44% de los españoles no puede pagarse ni siquiera una semana de vacaciones. La inocencia del hecho, casi trivial a primera vista, significa nada más y nada menos que la mitad de la población vive con lo puesto, lo justo para comer y financiar cuatro paredes. Todos son candidatos a terminar en la calle. Ya no es un problema de mano de obra no cualificada, inmigrantes y otros sectores de la marginalidad del sistema económico y educativo. Pasa el tiempo, aumentan las cifras, no hay respuesta. Sólo voluntarios que comprometen su trabajo ante la pasividad estatal. Y millones de ciudadanos cuyo miedo, o simplemente el impulso de vivir a pesar de las circunstancias, están ganando la batalla a la ira. En la escalinata del Palacio de Cristal, una madrugada cualquiera, hace años. Nombres que no voy a citar, hechos que no voy a citar. Si fuera posible volver de improviso, niebla de marzo o de febrero, burlar tiempo y peldaños y pasar entre la gente hasta llegar arriba, no diría nada. Ya practican el «Refugio nocturno» de Brecht y algunos pagarán el precio. O tal vez recordaría a León Felipe, para partir de hechos y no de ficciones, para desdoblar sus palabras y ser más útil:

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre
ha inventado todos los cuentos

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