Voluntariado
No mordamos la manzana
Antonio Rivas González*¿Por qué derechos está luchando hoy el voluntariado? Sería interesante hacer una encuesta entre las personas que nutren las filas de las ONG y preguntarles ¿por qué derechos luchas desde tu labor voluntaria?.
A medida que las ONG se han ido “tecnificando” y los puestos de trabajo se han ido nutriendo de jóvenes “suficientemente preparados” el voluntariado ha ido, quizá, ocupando un rango más supletorio en las organizaciones, más accidental, tal vez hasta más decorativo.
Una vez que la prestación de servicios ha quedado garantizada, una vez que nuestra cuota de “usuarios” (pobres, niños, inmigrantes, enfermos, etc.) se ve más o menos atendida, en realidad, ¿para qué quiere uno voluntarios sino para abaratar costes, garantizar cobertura en horarios extra-laborales, tener coartada moral para seguir llamándonos “ONG”?
Pareciera que nuestras organizaciones han sido absorbidas por la implacable lógica del mercado y que nuestra función social ya no es la movilización y la reivindicación sino la de atender con cuidados paliativos situaciones estructurales injustas que no analizamos, no dedicamos tiempo en entender o combatir y, sinceramente, desde este escenario, ¿para qué quiere uno voluntariado?
Cuando los colectivos han sido “cooptados” por otras lógicas (mediáticas, mercantiles, sociales, culturales…) corremos el peligro de convertirnos en campos de entrenamiento y ensayo. Entrenamiento para que la clase media haga las prácticas que la Universidad no provee (practicando con los pobres claro), o espacios para ensayar habilidades de socialización que la cultura urbana ya no tiene. En ocasiones encontramos un voluntariado con tantas necesidades en términos de soledad e integración social que bien podrían ser los destinatarios últimos de la intervención.
Sin negar estas realidades, conviene no olvidar que no es este el motor último del movimiento de voluntariado, ni está aquí la fuerza subversiva de la participación social: ni somos espacios pre-laborales, ni espacios terapéuticos o clubes sociales, con la pobreza de fondo como coartada moral.
Si pudiéramos recuperar nuestra historia y la conciencia como movimiento social, encontraríamos nuestras señas de identidad. Si volviéramos a acampar por el 0,7% en las grandes avenidas de nuestras ciudades, si el no a la guerra fuera no a todas las guerras (grandes y mediáticas, pequeñas y fraticidas) si pudiéramos visibilizar el chapapote de aquel barco tristemente famoso para entender el lodo de cada día, el que lame los pies de nuestros barrios a golpe de hormigonera, el que ahoga a los 8 millones de pobres con los que compartimos país, el de las fronteras con alambradas, el que embadurna a las mujeres excluidas en los cruces de las carreteras... si lo heroico y puntual de las grandes manifestaciones nos alimentara para reforzar nuestra pequeña infraestructura social, la calidez de las relaciones en nuestras ONG, en nuestros trabajos, en nuestras relaciones humanas. Si trabajáramos por alfabetizarnos en un voluntariado que se sonríe ante las ferias y los mercadillos más o menos de temporada y si las ONG nos potenciáramos como espacios de vertebración social, donde una joven universitaria se reúne con un prejubilado, un chaval de barrio del sur con una de la sierra norte, todos ellos convocados por y ante una realidad social de exclusión. Si lo central fuera entender los derechos y la necesidad de la construcción de una ciudadanía universal y no la satisfacción de cierto altruismo indoloro, más o menos blandito, también él, pobrecito, de temporada.
Quizá entonces crecerían organizaciones que sirvieran para “embalsar sentido” para las vidas de todos sus implicados, donde se participara significativamente desde los distintos marcos (laboral, voluntariado, prácticas, destinatario), donde la prestación de servicios nos llevara a una lectura más certera de los derechos humanos en juego y viceversa. Dentro de estas organizaciones sería fácil cultivar un voluntariado que, además de aportar manos y fotocopias, aportara legitimidad, enraizamiento social y una lógica de ciudadanía.
Quizá necesitemos promover un voluntariado que quiera aprender a distinguir las manzanas que en sus distintas modalidades contemporáneas: subvención, contrato-basura, premio, local, acceso al poder, a los medios, nos ofrecen para que mordamos. Un voluntariado inserto en organizaciones que quieran trabajar por desenmascarar los espejismos de este falso paraíso subvencionado y entonces podríamos volver a la pregunta inicial, esta vez, cargados de esperanza, capaces de aventurar respuestas, ¿por qué derechos luchamos desde nuestra labor voluntaria?
* Director de voluntariado de Proyecto ESPERANZA
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